Capítulo 1: El susurro del bosque
Todo comenzó cuando la familia de Charlie se mudó a una casa en las afueras de la ciudad para protegerse de la guerra.
Quedaba al pie de un bosque que se extendía hasta perderse de vista. La casa era enorme, con muebles viejos y cortinas pesadas. Allí todo estaba tan quieto que parecía detenido en el tiempo. El suelo de madera crujía cuando Charlie corría a través de sus pasillos interminables y ese sonido era lo único que se escuchaba en medio del silencio.
Aunque no había niños ni juguetes, tenía tantos recovecos que Charlie pasaba tardes enteras descubriéndola e imaginando aventuras, pero con los días empezó a notar que ocurrían cosas extrañas a su alrededor.
Cosas inexplicables.
Al principio creyó que formaban parte de su imaginación porque duraban un instante y no dejaban rastro. Sucedían cada vez que una mariposa aparecía dentro de la casa. No era una mariposa cualquiera: sus alas estaban hechas de luz azul y al moverse dejaba un polvo brillante suspendido en el aire.

Charlie jamás había visto algo parecido.
Recorría la casa sin que nada se interpusiera en su camino. Desaparecía en una habitación y aparecía en otra, algo que Charlie no lograba comprender. A veces rozaba los muebles y dejaba en ellos un rastro azul.
Perseguirla le resultaba fascinante y se convirtió en su juego favorito, pero siempre que estaba por alcanzarla, la mariposa atravesaba alguna ventana cerrada como si el cristal no existiera y se perdía entre los árboles. Charlie no podía ir tras ella. Su madre le había dicho que el bosque era un lugar peligroso al que no debía entrar.
Una tarde, mientras sus padres descansaban, la mariposa regresó con un aleteo más acelerado que de costumbre. Iba y venía rozándole las mejillas, como pidiéndole ayuda. Charlie la siguió hasta el pie del bosque y se detuvo, esforzándose por no desobedecer, pero escuchó un quejido suave, como el llanto de un animalito asustado. Dio un paso hacia los árboles para escuchar mejor; luego otro y otro.
La tierra estaba húmeda y los rayos de sol se habrían paso a través de las hojas, provocando luces y sombras, y las ramas sonaban bajo sus pies. A lo lejos, le pareció ver una bruma azulada cubriendo las raíces.
«Debo volver», pensó, «mi madre se preocupará».

Cuando estaba por dar la vuelta, la mariposa azul voló muy cerca de él. Batió sus alas con fuerza y se alejó, mostrándole el camino. Charlie avanzó hasta que la bruma le cubrió los tobillos y en medio de aquella neblina vio algo moverse: una criatura pequeña, con el lomo blanco y manchas azules tornasoladas, que bajo la luz parecían brillar como un tesoro. Se parecía mucho a un ciervo. Contuvo la respiración para no asustarlo.
—¿Qué te pasa, amiguito? ¿Estás lastimado?
Se arrodilló y estiró la mano con cuidado. El animal olfateó el aire con la punta del hocico. Cuando se rozaron, la mariposa se posó sobre su mano.
Entonces la bruma se volvió más brillante y creció a su alrededor. Se hizo tan alta que ya no se distinguían los árboles. Charlie no sintió miedo sino una sensación de abrigo, como si lo abrazaran por dentro. El ciervo dejó de llorar y del batir de las alas de la mariposa brotó un susurro:

Y sin saberlo, Charlie estaba dentro del Bosque de la Bruma.
